Días de vino y rosas

Realmente nunca he tenido una vida demasiado movida, me explico. No he viajado mucho (2 ó 3 salidas de España), nunca he vivido fuera de mi provincia (salvo el tiempo del servicio militar), a diferencia de otra gente que ha vivido por toda España, o en el extranjero. Pero sí es cierto que lo que he vivido lo he hecho de forma muy intensa. Llegué tarde a la vida, empecé a hacer vida social unos años más tardes que la gran mayoría (con unos veintitantos), pero luego me “bebí” la vida del tirón, me emborraché de ella, y hasta cierto punto me llegué a saturar. Sí, es cierto que lo que he vivido ha sido apasionadamente, todo o nada, con muy pocas barreras mentales.

En mi gran vida poliédrica también hubo una etapa de “vino y rosas”, de todo aquello hermoso, efímero, vitalista, jovial, intrascendente, una época que duró casi 10 años, que también ayudó a forjar mi carácter y mi paranoia. Aquí está ese trozo de mi vida, que ya apareció en parte en el post la rabia.

El poster de la película viene a decir que después de los días de vino y rosas, vienen noches de pesadilla. Nuestra vida también es así, tras los días de fiesta, risas y vida, llegan las largas noches de llanto, ira y desesperación por vivir. Pero todo forma parte del ciclo de la vida, hay que estar tan preparado para las primeras como para las segundas.

Nunca he tratado que este fuera un blog de cine, o más bien de crítica cinematográfica, no por Dios no aspiro a tanto, me gusta el cine, pero me gustan aquellas películas que van más allá del mero entretenimiento. Estamos ante un melodrama, en el que un director de películas, Blake Edwards, fundamentalmente de comedia (El guateque, La pantera rosa, etc.), y un actor con una enorme vis cómica, Jack Lemmon, firmaron una película demoledora sobre la condición humana, las relaciones de pareja, y el alcohol como otro protagonista de la película. No quiero destripar el final ni hacer espoiler, pero como dijo el gran Jose Luis Garci, en la época en la que se rodó la película (años sesenta), eran muy habitual los finales felices (como por ejemplo el de Dos en la carretera), pero aquí no existe un final feliz, la vida misma está hecha de finales infelices, amargos o incluso dramáticos.

“Los días de vino y rosas ríen y huyen como un niño que juega…”

Yo viví esos días de vino y rosas, en compañía de amigos, por todas las fiestas y rincones de media Andalucía, con mi amigo Javi por Granada (salpimentados de rabia), con novietas, con gente anónima, en largas tardes de verano, en días sin fin, en ferias y fiestas de las que ya casi no recuerdo, bailando, bebiendo, riendo, desfasando, ligando, con sexo furtivo, etc. Y aquella época de mi vida se llenó como el vaso de vino, que se derramó por el borde, y se cerró aquella estancia, y pensé que aquellos días jamás volverían, nunca los he añorado con ansia.

“,,,a través de un prado hasta una puerta cerrada…”

Pero que no se me entienda mal, no reniego de aquella vida, también forma parte de mí, de mi palacio de la memoria, y he vuelto a entrar muchas veces en esa estancia, para recordar todo lo que vivimos, para coger alguna botella a medio terminar que quedara, que llenaran las largas noches de lo que vino después, de aquella amargura, aquel silencio opresivo, aquella incomunicación, aquella vida inhumana, que siguieron a todos aquellos años de vino y rosas. La resaca me duró más de 15 años, sí la verdad fue la resaca más larga y más jodida del mundo. Mi resaca vital.

“Una puerta marcada “nunca más” que nunca había estado allí antes…”

Pero como muchas otras veces en nuestra vida, que prometemos y prometemos no volver a beber de ese cáliz (manda narices que me siga saliendo la vena religiosa, con el asquito que les he cogido este año), terminamos descorchando de nuevo la botella. Y nadie está exento de dicho trago. De hecho, recuerdo una anécdota que viví en Santiago de Compostela hace ahora 2 años, en un encuentro de una potente Asociación Pública de fieles (AC), donde una noche se celebraba un hermanamiento a nivel nacional de todos los participantes, donde cada provincia montaba una mesa con comida y bebida típica. Pues la que se llevó todas la alabanzas, y que propició que aquello terminara en un enorme guateque, fue la mesa de Málaga, que había traído una ingente provisión de vino Cartojal, un vino blanco, dulce Moscatel que se toma muy frío, y que para el que no lo haya probado es una auténtica bomba de relojería.

“… La noche solitaria revela solo una brisa pasajera llena de recuerdos…”

Pero al margen de la anécdota, el vino también es un potente evocador de recuerdos que se vivifican con dicho efecto, que se vuelven jodídamente nítidos, que adornan esas largas noches de soledad (a veces mal acompañada), que nos hacen a veces desear volver a todo aquello que ya se perdió. Pero que en aquellos que nos llamamos cuerdos, sólo dura unos segundos. Con los años me he dado cuenta lo patética que es toda esa gente que se empeña en revivir de fiesta en fiesta aquellos momentos perdidos, o que llenan sus vidas intrascendentes de esos días de vino y rosas, pero que al final conducen a noches eternas de desazón.

“…De la sonrisa dorada que me presentó…”

Y estas últimas semanas de mi vida se han llenado de nuevo de Vino y Rosas, y esta vez no lo he vivido con añoranza, muy al contrario, lo he vivido con esperanza, como un nuevo día renovado, tras la larga noche de la depresión y de la mentira. Aquí estoy, bebiendo la vida a trago largos, sin añorar lo que se fue, sin esperar mucho más del futuro, y ya ni las espinas de las rosas me dañan, o tan siquiera siento el dolor. Sólo esa hermosa quemazón etílica, esa vida que se derrama entre los dedos, que me anima a comer la manzana del jardín del Edén, ni tampoco le temo ya a la resaca, venga lo fuerte que venga. La vida era esto, los jodídamente hermosos “Dias de Vino y Rosas” Y TÚ.”…

“…Los días de vino y rosas y tú…”

NO. No se me ha olvidado nada. Para aquellos más observadores, hay algo de lo que adolece este post, pero la verdad he sido terriblemente malo, y me he dejado lo mejor para el final. Ahora los acérrimos seguidores del “estúpido pedante” de Borges, me van a permitir que me ponga sobradamente culto.

En el año 1975 (cuando yo contaba con 4 añitos, y el próximo desenterrado todavía no lo habían enterrado), se grabó uno de los mejores álbumes de jazz de la segunda mitad del siglo XX. Una voz y un piano. Pero que voz y que piano!!!!

En una entrevista que le hicieron al grandísimo Frank Sinatra, le preguntaron cual era el mejor cantante vivo (seguramente para hacerle una trampa), y el jodido respondió TONY BENNET.

El 50% de la ecuación

El otro artífice del disco fue el grandísimo pianista de jazz BILL EVANS, un jodido señor que es considerado uno de los mejores pianistas de jazz de la historia, que se fue de este mundo con apenas 51 años, hinchadito de heroína y cocaína.

El otro 50% de la ecuación

Y ante tal simbiosis no pudo salir nada bueno, la verdad. Salió algo JODÍDAMENTE HERMOSO E INTEMPORAL. THE TONNY BENNET / BILL EVANS ALMBUN. Que en su corte nº 8 lleva esto que resuena en el palacio de mi memoria desde el primer día que la escuché.

Una MARAVILLA de apenas 2:20´

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