Shame (el vacío de vivir)

“No hables de lo que no viste, ni condenes lo que TÚ NO HAS SENTIDO. Cada uno sabe el dolor que carga, el peso que lleva, las dificultades por las que pasa y las luchas que enfrenta. Todos tenemos NUESTRA propia historia de vida, que no corresponde ser juzgada por quien no la vivió, ni la conoce…”

Desgraciadamente la frase no es mía, pero ante lo dicho poco se puede añadir de lo que cada uno de nosotros arrastra, las cicatrices de las que he hablado, la rabia, la enfermedad silenciosa, la soledad, en el fondo todos somos una pequeña (o gran) bomba emocional a punto de estallar, tan sólo hace falta encontrar un detonante y nuestra existencia estallará sin remedio.

Hoy voy a hablar de cine, del que se cuela a veces entre tanto vengador, fast&furious, comedia intrascendente y españolada inaguantable y/o pedante. Una durísima y hermosa película del año 2011, que muestra de forma descarnada la vaciedad existencial que nos invade, debajo de trajes de diseño, cuerpos diez, trabajos de ensueño y aparentes “vidas perfectas”. A lo mejor después de leer esto todos reconocemos a alguien así de entre los que nos rodean, yo confieso que cuando me miro a veces al espejo veo algún destello de todo esto…

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El final de la inocencia

A veces la realidad se entrecruza con tu propia vida y parece que te quiere decir algo insistentemente. Me ha sorprendido una noticia en mi móvil con el fallecimiento de la cantante del grupo “Los Fresones Rebeldes”, icono de la música divertida, inocente y sin mayor pretensión que pasarlo bien, de los 90. Este post va dedicado a ella, Inés Bayo. Pero también va entrelazado con algunos acontecimientos que han sucedido en mi vida en estos días, la constatación de que en la edad adulta la inocencia apenas tiene resquicio alguno para florecer. No es un post triste, la verdad que no, más bien nostálgico, agridulce, por lo que se perdió y nunca será, pero está ahí para siempre, por la huella indeleble que ha dejado….Como esta maravillosa canción…

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Un lugar en el mundo (dejar huella)

Rey sol, me entrego a ti
Quebré el timón, no sé seguir… 
Probé a saltar sin red ni hogar
No sé volver, no sé hacia dónde ni con quién

Todos tenemos un lugar en el mundo, pero no me refiero al espacio físico donde vivimos, o donde nos gustaría vivir, o de donde venimos, es algo más profundo, algo más intangible. Es el lugar que ocupamos en el mundo, el que nosotros o el destino nos han marcado, el que nos pertenece, el que nos hace sentirnos nosotros mismos, el que hace que nuestra vida tenga un sentido, una dirección marcada, una meta, UN SIGNIFICADO.

Para mí este es el post más importante de los que voy a escribir, porque quiero ayudar a alguien que creo que lo necesita (llena de cicatrices como yo), a poder encontrar ese lugar en el mundo, porque en mi vida ya ha dejado una huella indeleble.

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Night & Day (cuatro días para el recuerdo)

“NUESTRAS VIDAS SON LOS RÍOS QUE VAN A DAR EN LA MAR” – Jorge Manrique

Entre el arco de tiempo que va de la noche al día hay cabida para meter una vida. De eso no me queda la menor duda. Una de los principios de la “solitud” es el de reflexionar, el de recargar las baterías, mejorando la relación con nosotros mismos y, paradójicamente, con los demás, desconectando de todo aquello que nos distraiga.

He tenido la suerte de, desconectado de internet, móvil, televisión, televisión de cable, prensa, radio, etc. conectar conmigo mismo y con la persona con la he compartido algunos mejores días de mi vida. Hablando, escuchando, paseando, confesando sobre nuestra vida, penas, alegrías, y movidas existenciales, bebiéndonos la vida a ratitos por los rincones de dos maravillosas ciudades de Andalucía, sin grandes fiestas, ni tumultos, con el sonido de los turistas a nuestro alrededor, el agobio de los bañistas en la playa, en los chiriguitos, en las retenciones de tráfico. Pero lo mejor de todo es que se borró el tiempo de nuestras vidas, desaparecieron los relojes, los agobios, los estreses, y las tan aburridas noticias de este decadente mundo. En varios momentos de estos cuatro días, llegamos a perder la noción del tiempo, sin tener que meternos nada tóxico la verdad, salvo un par de cañas o vinos. Un chute de vida en estado puro……

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La rabia (Rage against…)

Mi vida es como la imagen de una enorme balanza (como la de la justicia, jajaja que risa la justicia), que bascula entre la sensibilidad y la rabia. Un equilibrio a veces complicado de gestionar, reconozco que soy un pelín desequilibrado (lo siento mamá eso es tuyo), pero todo lo vivido en este casi medio siglo está empezando a equilibrarla (a costa de echarme encima canas y hacerme cicatrices por todos lados), por el bien de mi salud mental y de todos los que me rodean, que cada vez me expresan con más vehemencia lo que me aman (y no me duelen prendas reconocerlo).

Pero la de hoy es una historia de rabia, de lo que ha supuesto en mi vida, de la que compartí con mi amigo Javi (al que cada vez echo más de menos, y prometo que volverá a mi vida), de risas, de borracheras, de juergas sin fin por Granada, de caminar por el filo de la navaja, él que me enseño toda la rabia que ha movido a una parte de mi generación, pero la rabia que nos ha ayudado a sobrevivir, a madurar, a encontrar un lugar en el mundo. De todo puede extraerse una enseñanza positiva, pero de la rabia ya sólo me queda el recuerdo, nada más…

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Divinas Palabras

Desgraciadamente tengo que reconocer que las musas del teatro, Talía de la comedia y Melpóneme de la tragedia, no han llegado a rozarme en ningún momento de mi vida. Tengo la misma sensibilidad para el teatro, que C Tangana a la dialéctica trascendental de Kant (pobre Kant, si viviera y encendiera la radio!). No me voy a referir a la obra pues de Valle Inclán, “Divinas Palabras”, quien quiera más información dejo el enlace del blog de crítica literaria “Un libro al día”, ellos sí son unos profesionales del tema.

Hoy en día la limitación del uso del lenguaje es una pandemia, casi como la estupidez, más o menos, y tengo una guerra con mis hijos por este tema. Cuando insultan en vez de que digan un taco, les animo a que busquen en nuestra lengua algún calificativo sustitutivo al mal sonante (lo que pasa es que yo soy muy mal ejemplo, soy muy mal hablado). Esta cuestión es muy importante, porque como decía Wittgenstein “los límites de tu lenguaje son los límites de tu mundo”, no nos pongamos barreras nosotros mismos. Hoy vamos a hacer un repaso por algunas de las palabras más hermosas del castellano.

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Vidas sin timón

Recuerdo a un compañero de Universidad (bastante hipster para la época, y hablo de hace casi 30 años), que un día me dijo “¿a tí te ha pasado alguna vez que se te mete una canción en la cabeza un día, y le repites sin cesar durante todo el día?. Pues a mí se me metió en la cabeza God Save the Queen de los Sex Pistols cuando tenía 15 años, y todavía no se me ha ido“. Era todo un personaje.

Pues a mí se me metió en la cabeza esta película la primera vez que la ví (en el año 2003), y todavía me sigue rondando. Fui a verla al cine cuando la estrenaron como 5 veces (con amigos, con amigas, sólo), y todo el que vino conmigo me dijo que era una paranoia mía, que tampoco era para tanto. Probablemente sería verdad, porque de paranoias he hecho varios masters. Pero siempre he creído que se trataba de algo más profundo…

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How deep is your lo(ve)neliness?

Hay dos actitudes vitales que me enervan sobre manera. La primera que se metan en mi vida de forma indiscreta o maledicente (y desgraciadamente estoy haciendo un jodido master ahora sobre esto). La segunda que me etiqueten. No me gustan las etiquetas, no soy ni listo ni tonto, ni culto ni iletrado, ni simpático ni antipático (bueno esto último un poquito, para que voy a mentir), ni hipster, ni pijo, ni perroflauta, ni de derechas, ni de izquierdas, ni clásico vistiendo, ni moderno, ni grunge, ni hippie. Soy una persona poliédrica, con mil caras y mil aristas, y me gusta disfrutar de todo lo bueno que tiene la vida, en soledad si no queda más remedio, o acompañado, pero sólo con alguien que te llene de verdad, no quiero caer en esto ni una vez más:

Las etiquetas encasillan, encajonan, te limitan, hacen que te dejes fuera muchas cosas que merece la pena vivir y sentir. Con este post quiero romper, una vez más esas etiquetas, yo no soy mejor o peor que nadie, sólo soy jodidamente yo…..

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7 días en una vida

“La vida está hecha de días que no significan nada, y momentos que significan todo”

Muchos de los grandes momentos de la historia llegaron sin avisar, el descubrimiento del fuego, la invención de la imprenta, la Revolución Francesa, la Revolución Industrial, el nacimiento del primer ordenador, etc. Probablemente eran días como otro cualquiera, donde nacían niños, gente moría, empezaban guerras, se acababan otras, o alguien se aburría en su casa mortalmente, pero que con el trascurso del tiempo se comprobaron que fueron cruciales para la historia de nuestra civilización.

Creo firmemente que en nuestras pequeñas y frágiles vidas, hay momentos como esos. Días que nos levantamos desganados, o con algún dolor, o que ni siquiera teníamos gana de levantarnos, que eran lluviosos, o hacía mucho calor y por eso no pudimos dormir bien la noche de antes. Pero en el trascurrir de nuestra vida aprendemos, desgraciadamente, a base de dolor y sufrimiento, cuales son los días buenos y los malos, y aquellos que marcarán nuestra vida de alguna manera… Yo he vivido siete días que estoy seguro van cambiar mi vida para siempre….

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¿Huir del pasado?

Gracias de corazón Javier por tu comentario al post “La generación perdida” (animo a echarle un vistazo), ya le contesté en su día, pero como me llegó al alma, te voy a responder con un post completo (esto es lo maravilloso de un blog, la interacción, el “intercambio de golpes” de puntos de vista distintos).

Hay fechas que se recuerdan perfectamente por un suceso concreto. Yo recordaré siempre el día en que empecé el instituto, septiembre de 1984, cuando iba en el coche con mi padre, no paraban de hablar en la radio de la muerte del torero Paquirri (si el de la Pantoja, Paquirrin, Carmina Ordoñez, sus hijos, y la madre que los trajo al mundo a todos…), y tampoco se conocía entonces “el virus de la tontería animalista y vegana” (que me perdonen los toros, las terneras, el tofu, el seitán y las berenjenas, pobrecitas ellas). Ese año iba a ser muy especial para mí en muchos sentidos, hice el primer año de instituto en un internado de un colegio Franciscano (para, según mis padres, ver si me iba espabilando un poco). Y vaya que si me espabilé, aquel no fue un año cualquiera, ni era un colegio cualquiera, todas las mañanas nos ponían musica para levantarnos en unos altavoces encima de las puertas de las habitaciones. Pero no era música religiosa ni nada parecido, no, esto es lo que escuché cada día durante todo ese curso escolar….

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