Las flechas que nos hieren

Hoy es 11 de septiembre de 2021, y hace 20 años que el mundo despertó del último gran sueño, aquel sobre que la vida y el futuro siempre nos depararán lo mejor, los mejores momentos, oportunidades, o circunstancias. Que la vida será luminosa, justa, hermosa y condescendiente. Pero no es así, nunca ha sido así, y nunca lo será, y después de aquel momento hemos tenido muchas otras oportunidades de comprobar esto que afirmo (guerras, atentados indiscriminados por todo el mundo, fenómenos naturales devastadores, crisis económicas terribles y pandemias de proporciones bíblicas). Hoy toca el reverso de la moneda querid@s lectores…

En este momento empezó el fin del mundo tal y como lo conocíamos hasta ese momento “in my opinion”, pero no voy a hablar de geopolítica, ni teoría del terrorismo, ni nada parecido, ni tan siquiera sobre las consecuencias de lo que ocurrió aquel día. Si les hago una pregunta estoy seguro que sabrán contestarme con pelos y señales, ¿donde estaban y que estaban haciendo aquel 11 de septiembre de 2001?. Efectivamente, lo recuerdan, el mecanismo que desencadena esa respuesta por su parte es sobre lo que quiero hablar hoy. Complejo quizás, tanto como el intrincado laberinto de mi memoria, únicos lugares comunes a los que me gusta volver, no por hermosos o conmovedores, sino porque son lo único que me pertenece totalmente.

A mí me tocó directamente el 11 S en una historia que ya conté en este blog, pero ahí lo dejo. (hay un montón de historias bonitas en este blog de los primeros tiempos, mucho mejores que las últimas, y esas sí me gustaría que se leyeran o releyeran)

Hoy no tengo el ánimo de hacer ningún tipo de broma, en el fondo soy mucho más trascendente de lo que pueda aparentar, de las fronteras para adentro de mi yo, hay mucha más seriedad y amargura de la que traslucen mis actos o palabras, pero a veces no puedo evitar que se me escape el “punto de humor negro y cabrón” (véase la entrada anterior). Y tampoco puedo escapar a mi tendencia a dispersarme, c´est la vie.

Es comunmente aceptado que en etapas de deriva existencial, graves crisis del tipo que sean, o tiempos muy convulsos, se suele acudir a la espiritualidad que es connatural al ser humano. Está en nuestros genes, tanto como la crueldad o la avaricia, por mucho que intentemos revestirlas de humanidad. Puede ser que todo venga de que somos la única especie sobre la tierra que conocemos de la existencia de nuestra propia finitud, de la implacable existencia de la muerte al final del camino. Ya he tratado, de forma muy literaria el tema de muerte y la eternidad, o el de la capacidad que tenemos de activar el botón de fin de nuestra propia existencia.

De todas las religiones, creencias o corrientes espirituales, la que más me llama la atención es el budismo, esa doctrina (religioso) filosófica que no cree en un dios como tal, pero sí aceptan la creencia en realidades espirituales, como el renacimiento, el karma y la existencia de seres espirituales. Pero tampoco quiero entrar en profundidades al respecto, porque las desconozco y no quiero aburrir (más de lo que ya hago) a los pocos lectores que tengo (alabado sea el Dios de los blogs y los bits por teneros ahí).

Se cuenta una parábola atribuida a Buda que habla sobre un hombre que es herido por una flecha envenanada:

El hombre herido, y en trance de muerte, atendido por aquellos que acuden a socorrerlo se prestan a ofrecerle la ayuda de un médico de forma inmediata que le ayude con su herida, pero el herido se niega porque quiere conocer la identidad del que le ha lanzado la flecha mortal, su casta y su lugar de procedencia. También quería conocer la altura de aquel hombre, el color de su tez, de qué tipo era su arco, si se había construido de caña, o de bambú, y si la pluma de la flecha era de halcón, buitre y pavo real, y cualquier otro detalle que pudiera explicar tal hecho. Y enfrascado en esas cavilaciones imposibles murió sin recibir atención médica, o por supuesto respuesta alguna a sus preguntas”

Lo bueno de las fábulas (o parábolas) son que tienen una amplia interpretación, que pueden dejar al que la recibe pueda extraer de ella sabios principios para el devenir de su vida. Está claro que la actitud del herido es absurda, ya que no le conduce a nada, y no le ayuda para mantenerse con vida, según Buda ese es el gran mal de nuestra actual sociedad, todos nosotros morimos a cada momento, pero realizamos las preguntas erróneas. Me ha fascinado siempre esta frase, que enlaza de forma perfecta con lo dicho.

Si somos conscientes de ello, ¿porque empeñamos nuestra vida en actitudes estúpidas, en búsquedas infructuosas, o en meros detalles que nos aferren a la materialidad de lo que nos rodea? ¿Que és lo esencial e importante en nuestra finita vida? ¿Que nos hará trascender más allá del momento en que dejemos de existir? Seguro que no es la fama, el dinero, el postureo, el haberme tirado a media humanidad, la acumulación de bienes o ni siquiera la de conocimientos y saberes. Es imposible que como seres humanos que somos podamos romper las reglas de nuestra especie y evitar el sufrimiento y el dolor, que por otro lado son connaturales a toda vida.

Todos hemos recibido, y recibiremos, miles de flechazos en esta lucha vital, pero no perdamos nunca la esencia de lo importante, de lo que nos hará seres mejores con nosotros mismos y nuestro entorno. El mejor legado que dejar, ya lo he dicho varias veces en este blog, abrazos y afectos, de todos aquellos que han significado algo en nuestras efímeras y frágiles vidas. Y perdón por ponerme a veces tan jodidamente trascendente…

Repito video que es lo más hipnótico y fascinante que he visto jamás, y que habla de nuestro viaje vital

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