Ατοπíα (atopía)

Cuando el abismo se abre ante nuestras vidas efímeras y frágiles, el faro que siempre nos ha iluminado, desde los albores del tiempo, cuando no existían los faros como tal, ha sido el de la filosofía. Es fácil dejarnos caer en las manos de la(s) religión(es), de iluminados, de terapias ilusorias, de estupefacientes, pero aquello que nos calma, lo que nos aferra a la tenue vida que se nos escapa entre los dedos, fue lo que un puñado de iluminados nos legaron en los albores de nuestra civilización occidental (tan denostada), lo que se ha imbricado entre las arenas del tiempo, lo que brilla entre el lodo de la vacuidad existencial, lo que nos hace únicos e irrepetibles.

La condena de Sócrates

“El camino que todos recorremos en nuestra búsqueda existencial sin mapa y sin destino, de una identidad propia y eterna”

Las palabras Atopía y Atopos (nombre y adjetivo griegos) hacen referencia a algo “raro, extraño, inaudito, insólito, extravagante…”.

Hoy todo el mundo quiere ser distinto a los demás. Pero en esa voluntad de ser distinto prosigue lo igual”, escribió el filósofo Byung-Chul Han.

En nuestra sociedad actual buscamos incansablemente el deseo de ser distintos al “otro”, de distinguirnos, y llegamos al absurdo de convertirnos en “hombres y mujeres anuncio”, para reivindicar que nuestro yo (plagado de -ismos), o subidos al carro de la moda esclava y absurda, o de la estética rompedora, es lo que nos hace ser únicos. ¿Pero si esa búsqueda de la diferenciación nos iguala cada vez más, consiguiendo el efecto contrario a lo que se pretende?.

Sentimos un enorme terror a la igualación como seres vivos, porque en todos nosotros subyace el deseo de trascender, de sobrevivir a la muerte que nos equipara a todos por igual, que nos hunde en la marea humana en la que perdemos nuestra propia esencia.

En el siglo V A.C. el filósofo griego Sócrates era llamado por sus discípulos Átopos, “aquel que no tolera ninguna comparación”. Era pues alguien singular e incomparable, y como dice el filósofo Byung Chul Han explica la diferencia: “la singularidad es algo totalmente distinto de la autenticidad. La autenticidad presupone la comparabilidad. Quien es auténtico, es distinto a los demás”. Sin embargo, un Átopos es incomparable, lo cual significa que “no solo es distinto a los demás, sino que es distinto a todo lo que es distinto a los demás”.

La cultura de la constante comparación igualatoria no consiente ninguna negatividad del atopos. Todo lo vuelve comparable; es decir, igual. Con ello resulta imposible la experiencia del otro atópico. La sociedad de consumo aspira a eliminar la alteridad atópica a favor de las diferencias consumibles, heterotópicas […] La diversidad es un recurso que se puede explotar. De esta manera se opone a la alteridad, que es reacia a todo aprovechamiento económico”, apuntó Byung-Chul Han.

Como dijo Noam Chomsky: “entendieron que era más sencillo crear consumidores que someter esclavos”. Al compararnos con otros asumimos los moldes sociales preestablecidos, y los legitimamos (consciente o inconscientemente), y perdemos la esencia de lo que realmente somos.

“Paseo en silencio contemplativo por el palacio de mi memoria, galerías, corredores, columnatas, sonidos que el tiempo no ha borrado, imágenes (algunas desdibujadas y olvidadas), y comprendo que todo lo que hay mí es obsesión por vivir, por dejar una huella indeleble, por trascender, mi obra no es la más original, ni soy capaz de hilar palabras que emocionen, soy retazos de otras vidas cogidas al azar, pero algo lo atraviesa todo, como el rayo que no cesa, he puesto mi alma desnuda desgarrada como la argamasa que lo une todo, y esa pura vida derramada, dejará pequeñas gotas en el océano de la historia, o así lo espero…”

La levedad insondable de la intrascendencia

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