Adiós a Inch

Hoy es un día especial, voy a colgar un relato corto que escribí hace un tiempo, dedicado a mi amada Irlanda. Lo presenté al concurso de relatos del periódico Ideal de Granada en el año 2018, y el resultado fue…

Camino por la arena de la playa de Inch por última vez. El viento salvaje y el olor a sal de este embravecido mar me traen a la memoria los recuerdos de la primera vez que lo ví. Yo apenas era un niño, cuando ya iba en brazos de mi madre, que recorría esa blanda alfombra de arena con sus pies cansados por el peso de la vida, y el alma ensombrecida por el dolor de la reciente pérdida de mi hermana mayor, Erin, consumida por la enfermedad y la pobreza con tan sólo cuatro años.

A padre nunca le gustó el mar. Él maldecía con violencia que nos hubiera traído a los ingleses a nuestra tierra de Irlanda hacía más de ochocientos años. Tan sólo caminó una vez por tu playa, el día que Erin cayó enferma, y renegaba, con toda su alma de irlandés resentido, cada gota de tu mar, cada gramo de tu arena, aquella que violaron con sus botas los invasores que nos arrancaron todo lo que nos pertenecía, hasta nuestra identidad y, tras ese día, jamás volvió a poner un pie en tu arena. Nunca quiso ni entendió que yo paseara durante largas horas entre tus dunas, escudriñando en la lejanía, anhelando que una tormenta borrara de nuestras vidas todo el dolor que la invasión inglesa nos había causado durante siglos. Cuando yo volvía a casa por la noche, con el olor del salitre y las algas pegado a la piel y a la ropa, padre se revolvía de su borrachera y me pegaba con saña con su cinturón hasta que caía rendido por el esfuerzo de la paliza, pero jamás me arrancó una sola lágrima.

Pese al precio que para mí suponían esos paseos por la playa, madre me infundió que el mar era tan inmenso que podía diluir todo nuestro dolor, frustración y rabia contenida, y el de todas aquellas generaciones oprimidas por el yugo inglés. Ese deseo fue el que anidó en mi alma desde la primera vez que tuve conciencia.

Cuando Erin se fue para siempre en una lluviosa fría tarde de febrero, madre me sacó entre sus brazos de entre las mantas de mi mísera cuna, y me hundió en su regazo. Recorrió descalza silenciosamente las dos millas que separaban nuestra granja de la playa de Inch, y se arrodilló frente al mar, y lloró amargamente lágrimas esmeraldas hasta que se le secó el corazón para siempre. Algo de mi madre murió ese día en tu playa, y cuando regresó a casa empapada por la lluvia ya no era ni fue la misma.

Padre se hundió más en la bebida y en la rabia que siempre lo había acompañado. Perdió todo rastro de la humanidad que alguna vez tuvo. Unos años después de la muerte de mi hermana, un accidente en la turbera le provocó una parálisis en las piernas, que con el tiempo le llevó a estar postrado en una cama de forma permanente. Las pocas visitas del doctor eran recibidas con insultos, saña e improperios por ser de origen inglés, lo que hizo que dejara de recibir asistencia. El único remedio que toleraba, era el whisky casero que le traía nuestro vecino de la granja de al lado, un mejunje oscuro y fuerte como la hiel del diablo, que lo sumía en un letargo atormentado de días sin fin. Así fue hasta que una mañana apareció ahogado en su propio vómito.

El trabajo de la granja, tras la muerte de padre, se hizo durísimo. Teníamos que dejarnos la piel, para poder arañar un suelo agreste y conseguir una triste cosecha de patatas. En unas temporadas nos fue imposible hacer frente al pago del arrendamiento, y las amenazas del administrador subían de intensidad, despreciando cualquier excusa que le daba madre sobre nuestra desesperada situación.

Hace una semana, se presentaron, al atardecer de un gris día de marzo, un grupo de hombres con el administrador al frente. El olor a alcohol que desprendía se notaba desde la entrada de nuestra choza. Nos empujaron fuera, tiraron nuestras míseras posesiones a la tierra mojada, y destrozaron la única habitación, el pequeño establo y terminaron prendiéndolo todo con las antorchas que portaban. Intenté suplicarle que nos dejara un trozo de establo para resguardarnos, y me escupió en la cara un salivajo de whisky añejo. Me dijo: “… ahora ya no os queda nada que os aferre a este lugar, perezosos irlandeses, ni vuestra árida tierra os pertenece, ni nada os ata aquí ya”. Y se fueron riendo y blasfemando sobre nuestra estirpe.

Madre cayó en un trance de dolor indescriptible, y pasó de rodillas toda la noche delante de los restos humeantes de lo que fue nuestro hogar. Conseguí arrastrarla a la granja del vecino, quien, con lágrimas en los ojos, accedió a alojarnos en su establo. Allí se negó a comer y a hablar, se aferró a la manta de mi hermana, y así pasó los siguientes días.

Hará dos días me desperté y la vi quieta, mirando por la ventana del establo, tenía una expresión de dulzura y paz en la cara, con las profundas arrugas suavizadas, y con sus penetrantes ojos grises mirando al infinito. Fue la única ocasión en que vi esa expresión de descanso en su rostro, pero ya no podía regresar del viaje que había emprendido.

Acabamos de enterrar a madre, y camino por última vez por la playa de Inch. Hoy es mi cumpleaños, día de San Patricio del año 1901, y siento que nada me ata ya a esta mi tierra. Los ingleses nos han convertido en extranjeros en nuestro país. Vuelvo la espalda a Inch, y lloro sin consuelo por primera vez en mi vida...


Querida Inch debo dejarte, tengo promesas que cumplir, quizás millas que recorrer antes de mi último sueño” (frase pintada en una pared en la playa de Inch, Country Kerry)

Una hermosísima canción sobre Irlanda cantada por una Galesa

…Y el resultado del concurso fue que la redacción del Ideal de Granada creo que tiró el relato sin leerlo. Bueno pero tras este tiempo que has trascurrido desde aquello, voy a hacer dos reflexiones profundas.

La primera es que en mi PUTA VIDA voy a ser escritor, ya lo dije muy clarito en este post de junio del año pasado.

La segunda tiene muy mala baba. Este es el mapa de la gente que me ha leído desde mayo de 2019.

IDEAL DE GRANADA, ahora vas y te jodes, ni puta falta hace que me publiques, y del que más me siento orgulloso es de SENEGAL, que lo sepas…

One Reply to “Adiós a Inch”

  1. No entiendo tu cabreo si no pretendías ser escritor …Pues agradece al diario quepor fin has conseguido lo que aspirabas, que muchas personas te leyeran. Sí puedes afirmar que eres escritor, auqnue no te hayan facilitado ser un escritor que publique en una editorial, que sea famoso y salga dando entrevistas y esas cuestiones que dicen ahora de la “dictadura progre”.
    Te has dado a conocer entre algunas personas de ese mapa que muestras. ¿Eso era lo que pretendías? ¿ser leído por gente de otros lugares? Pues enhorabuena ya está, gente que comparte contigo ideario, y no gente común y corriente.¡¡¡¡¿hay algo mejor para tu propósito?!!!!

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