La pianista

En el silencio de esta noche de otoño, recorro cansado los oscuros corredores del palacio de mi memoria, con muchas puertas cerradas todavía. Entre la penumbra oigo una tenue melodía de piano, que se pierde en lo más recóndito de mi palacio, en una zona a la que todavía no he llegado, y que aletea como las alas de una frágil mariposa. Cansado me apoyo contra una de las paredes, y mi mente se abandona con el sonido de la melodía. Recuerdo que había un libro de Yukio Mishima cuyo maravilloso título era “El marino que perdió la gracia del mar”, y eso trae a mi memoria un cuento que alguien me contó una vez de una hermosa pianista que un día perdió sus alas

En una ciudad sin nombre vivía una hermosa niña, de ojos llenos de vida y el alma cargada de sueños. Alguien le había contado la historia de Euterpe, la musa de cabellos dorados, hija de Zeus (padre de todos los dioses) y Mnemósine (personificación de la memoria), que era la protectora de la música, y fascinada por aquella historia, perdida en las brumas de la historia, se propuso aprender a tocar música.

Con sus pequeñas manos blancas, la niña acariciaba un piano que le habían regalado, y desde la ventana de su cuarto contemplaba la luna y soñaba con volar lejos de todo, de su cuarto, de su casa, de sus seres queridos, sin miedo a nada y sin volver jamás la vista atrás.

Con el paso de los años la niña descubrió que le habían crecido unas hermosas alas, transparentes como el cristal, que sólo ella podía ver, y que se hacían más hermosas con cada nota que salía de su piano. El que gustaba tocar en la soledad de la noche, sin público, sólo para ver crecer sus alas, las que le darían la verdadera libertad que ansiaba, más que cualquier otra cosa en el mundo.

Un día decidió que había llegado el momento, que ya estaba preparada para volar, para elevarse por encima de todo lo que la rodeaba, todo aquello que no le daba la felicidad que ansiaba, que de alguna manera la ataba, la limitaba. Salió una mañana sola, dejando su mundo atrás, su hogar, su vida, su música. Y desde el lugar más elevado que encontró, desplegó sus alas y empezó a volar, pero al poco tiempo el calor del sol ardiente hizo que sus alas se quebraran, como copas de fino cristal, y cayó a tierra (como al pobre de Ïcaro).

Ni una sola lágrima salió de sus ojos, su corazón se rompió en mil pedazos, que fue recomponiendo con el paso del tiempo. Nunca más volvió a tocar el piano, la música no le dio aquello que tanto ansiaba. El silencio se hizo fuerte entre los muros de su mundo, y silenció su dolor, su pena, su rabia y su frustración, nadie pudo escuchar una palabra de reproche de sus labios por todo lo sucedido.

Cada noche se asomaba a su ventana, y en la inmensidad de los cielos nocturnos, encontró la respuesta. Sus ojos encontraron el destello de Orion, la vida se escapó a raudales por ellos, iluminando a todos aquellos que le aguantaban la mirada y una sonrisa se dibujó en su hermosa cara. Ni el dolor más profundo apagarían jamás esa luz, pero nunca más volvió a acercarse a su piano, nada podía encontrar ya allí, perdió para siempre el favor de Euterpe, pero lo que también desterró de su vida para siempre fue su miedo a volar.

…Y sigo mi camino por las sombras de este corredor, y también he perdido al miedo a lo que vaya a encontrarme al final del mismo, sea lo que sea.

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