Diario de un escritor que nunca lo fue (ni lo será)

Hace unos días escuché una entrevista a un reconocido escritor de este país, del que reconozco no he leído nada. Pero dijo una cosa muy curiosa, que lo que más molestaba en este país es que alguien te dijera que no sabes escribir. Ponía el ejemplo en el que iba al mercado, y le decía al pescadero que el género que vendía no era bueno, y el hombre te podía argumentar o contra argumentar. Pero si le decías que no sabía escribir se te tiraba al cuello…. Bueno es una exageración por supuesto.

Pongo la mano en mi pecho y reconozco ante el mundo que no sé escribir. Ni sabré nunca, por mucho que lo intente, por mucho que lo desee y lo haya deseado toda mi vida, algo en mi interior me lo dice. Y con ese convencimiento me sentiré totalmente tranquilo cuando me digan, una y mil veces, que no sé escribir, que no sirvo para esto.

Pero me quedo con lo que dijo una escritora vocacional están los que englobaría en el grupo de los escritores sin esperanzaLos que escriben por una necesidad emocional de expresión, porque les sirve de terapia, porque les pone frente a su verdad, a su vida, a sus recuerdos. Estos escriben y escribirán siempre, tengan o no tengan éxito, porque se ha convertido en su forma de vivir, su vocación”.

Y sigo haciendo el mío el convencimiento de esta escritora ” …Cuando el pasado me atormenta, cuando el destino me enseña su cara más amarga, cuando caigo en la cuenta de que la existencia es breve y se escapa entre mis manos, entonces escribo…”

Estoy llegando casi a los cincuenta, soy padre separado, con dos hijos, con un futuro incierto, y un presente acuciante, tengo la necesidad de legar algo a aquellos que me importan de verdad en esta vida, mis hijos. Que algún día puedan llegar a vislumbrar, aunque sean pequeños destellos de lo que se ocultaba tras su taciturno padre.

Recuerdo como cuando eran más pequeños me repetían de vez en cuando, con su tierna inocencia, “papá eres el mejor del mundo”. Y yo obstinado siempre les contestaba “no hijos míos, tan sólo hago lo mejor que puedo hacer”. Esos momentos son los que quiero que queden suspendidos en el tiempo, para que puedan recogerlos como las uvas de una vid madura.

No he sido ni seré padre de sentencias lapidarias, ni de machacones consejos repetidos generación tras generación. Creo sinceramente que lo que les quedará como posos indelebles, son el cómo hacemos las pequeñas cosas en silencio, la sencilla comida, el remeterle la ropa por la noche, las chuches compradas a escondidas, el bol de palomitas, la tarde en el cine en un frío día de invierno, el bocata que le metemos en la mochila, o se olvidan encima de la mesita de noche, la despedida por la ventana cuando se quedan con su madre, las lágrimas vertidas en silencio en los momentos en que tu vida se ha desbocado de sus cauces, y no pueden entender qué es lo que pasa. Esos momentos “jamás se perderán como lágrimas en la lluvia”. De eso, y de que los quiero con todo mi ser, son de las únicas cosas de las que estoy seguro en este mundo.

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